¡Feliz día del corrector, Maestro!

¡Feliz día del corrector, Maestro!

Querido maestro:

La primera vez que oí hablar de ti, José Martínez de Sousa, fue durante el primer curso de la carrera (Filología Románica [Francés]) que empecé en el Colegio Universitario de Teruel (CUT). Concretamente, cuando pregunté a la profesora de la materia Lengua española I si me podía recomendar una obra de consulta ortográfica que, además de recoger la norma, ofreciese un análisis crítico del uso del sistema lingüístico de la lengua española a la hora de grafiarla correctamente en la redacción de textos. No me recomendó una obra sino dos, y eran del mismo autor que iba a convertirse, desde entonces, en mi maestro, mi guía, mi fuente de autoridad ante cualquier duda ortográfica o tipográfica de los textos con y en los que he ido trabajando a lo largo de los años.

La primera obra de consulta que me recomendó aquella profesora, de cuyo nombre no logro acordarme ahora, fue tu Diccionario de ortografía que publicaste en 1985 en la editorial Anaya. Fue el primer libro de la colección de muchos tuyos que guardo como oro en paño en mi biblioteca llenos de post-it, etiquetas de colores, anotaciones y glosas manuscritas varias a todo color pero siempre con lápices, nunca con boli (el maestro se merece un respeto). Diccionario de ortografía no era una obra más sobre «ortografía» de las que tantas había en el mercado en los ochenta del pasado siglo. Como todos tus libros editados a lo largo de estos años, era ya un libro mediante el cual cualquier persona podía no sólo consultar un dato esporádico, la grafía exacta de un término dudoso, sino que incluso, si lo deseaba de verdad, podía aprender verdaderamente la ortografía de la lengua española.

La segunda obra de consulta que me recomendó la profesora que impartía Lengua española I en el CUT fue la tercera edición de tu Dudas y errores de lenguaje que publicaste en 1983 en la editorial Paraninfo con el que lograste aumentar en mí el interés por lo que iba ser una parte esencial de mi actividad tanto como traductor profesional como, cinco años más tarde, neófito docente universitario. De hecho, tal y como decías ya en el prólogo a la primera edición de este libro (1974) la ortografía se convirtió para mí en mi «mejor tarjeta de presentación» cuando, en mis primeros encargos de traducción, demostraba a mis clientes que la dominaba y cumplía sus reglas. Ofrecer un texto traducido de calidad hacía aumentar mi cartera de clientes. Pero para que la ortografía sea siempre la mejor tarjeta de presentación de un traductor (no hay nada peor que un traductor que redacte su texto traducido con faltas o que no las detecte en el texto de partida) no sólo hay que conocer la ortografía a la perfección, sino que, como decías ya entonces, también hay que «recordarla, mantenerla al día».

Y de eso te has ido encargado tú con la publicación de tus más de 24 obras de consulta obligada para todo traductor, revisor y corrector que se precie, desde que te descubrí en los años ochenta. Doy las gracias públicas a la editorial TREA por convertirse en la editorial que más nos está mimando a quienes nos dedicamos a la revisión y corrección de textos porque ha sabido editar tus últimas obras con la calidad que se merece el contenido que pones en cada una de tus, hasta ahora, 11 publicaciones que no puedo dejar de mencionar y publicitar aquí y hoy, en este Día Internacional del Corrector 2020.

Cuando, en días como hoy, Día Internacional del Corrector, ves que en Internet se sigue llamando «corrección ortotipográfica» a lo que ha sido, desde hace siglos, simple y llanamente, corrección tipográfica, se te ponen los pelos de punta. Y eso que no sólo tú lo has ido dejando bien clarito en todas tus publicaciones sino que, también, existen grandes y muy loables esfuerzos docentes y de divulgación sobre las diferencias entre «ortografía», «tipografía» y «ortotipografía» realizados por quienes te seguimos desde hace tantos años. Esfuerzos como el excelente artículo de Silvia Senz –otra discípula tuya, como yo, a quien saludo desde aquí– editado en lo que fue, para mí, uno de los mejores Blogs del tema que nos ocupa a los tres.

Gracias a ti, maestro, hemos aprendido que existen sólo tres tipos de corrección: la corrección de concepto, la corrección de estilo y la corrección tipográfica o corrección de pruebas de imprenta. Las tres son prácticas necesarias y complementarias en la edición y, para llevarlas a cabo, es necesario dominar a la perfección no sólo la ortografía básica sino también, y sobre todo, poseer una cierta competencia en los distintas modalidades en las que se se usa la ortografía técnica: ortografía especializada, ortografía tipográfica u ortotipografía y ortografía publicitaria.

Se tiende a sobrevalorar, injustamente, la corrección de estilo en detrimento de la corrección tipográfica. Y ello es debido a que se suele presuponer que la primera exige que el corrector posea rigurosas competencias lingüísticas, culturales, normativas y enciclopédicas, mientras que, para realizar la corrección tipográfica, una formación profesional básica en Preimpresión en Artes Gráficas parecería más que suficiente con tal de tener buena vista y un alto grado de concentración. Sin embargo, como tú nos ha ido enseñando en tus libros con tus prolijas explicaciones, la corrección de pruebas de imprenta no es nada fácil y nunca resulta ser algo puramente mecánico basado tan sólo en saber dominar una serie de signos de corrección normalizados tras siglos de tradición tipográfica practicada, por cierto, con algunas diferencias sustanciales en cada imprenta y en cada país. Al contrario, en corrección tipográfica, siempre se requiere echar mano no sólo de las mismas competencias que las exigidas en la corrección de estilo arriba comentadas, sino que también resulta muy necesario poseer los mismos conocimientos terminológicos y expresivos propios a una disciplina o materia dadas, aquellos que se supone tiene el experto o especialista al que se solía llamar para realizar la corrección de concepto. Por otra parte, la corrección de pruebas de imprenta exige, además, otras competencias que tienen mucho que ver con cómo para-traducir la ortotipografía («la grafía correcta con tipos») en cada texto según las lenguas usadas en el mismo. Ortotipografía para traductores fue, precisamente, el título que le dimos a la materia que figuraba en el antiguo plan de estudios de la licenciatura en Traducción e Interpretación. Una materia que impartimos en la Facultade de Filoloxía e Tradución de la Universidade de Vigo desde su creación, en 2004, hasta su extinción, en 2011.

Tal y como ya hacíamos en la anterior materia de licenciatura, en la actual materia del Grado de Traducción e Interpretación, finalmente titulada Revisión y corrección de textos y que, desde 2011, continuamos impartiendo como Profesor coordinador en la Facultade de Filoloxía e Tradución de la Univeridade de Vigo, seguimos usando el término de «error» o «falta» para referirnos, por un lado, a los errores semánticos, léxicos o terminológicos cometidos en el contenido, que se corrigen en la corrección de concepto; y, por otro, a los errores ortográficos, gramaticales, lingüísticos, semánticos, sintácticos y textuales, que se corrigen en la corrección de estilo. Por consiguiente, reservamos el término de «errata» –lo que tú llamas, tan acertadamente, «mentira», «mosca», «gazapo» y hasta «herida del texto»–, sólo y exclusivamente, para los errores tipográficos que provienen de la composición, esos que desmerecen la obra editada, «porque, aunque a veces no sea cierto, indican descuido por parte del corrector» tal y como dices en la pág. 95 de la tercera edición de tu Diccionario de tipografía y del libro publicado en 1992 en la editorial Paraninfo. Es decir, el corrector tipográfico, en la corrección de pruebas de imprenta, revisa y corrige los errores emanados del proceso mismo de la composición que, en la actualidad, ya no se hace de forma manual, en la imprenta, sino de forma digital, en pantalla, con programas de edición como QuarkXPress o InDesign. Huelga decir que cuando no se ha hecho una buena corrección de concepto y una mejor corrección de estilo, los «errores» y «faltas» se cuelan desde las primeras pruebas de imprenta transformándose en «erratas». Desgraciadamente, vivimos una era de la edición de nuestras traducciones en la que al traductor, convertido en corrector tipográfico, se le está pidiendo un tres por uno: no sólo no se le paga bien por la corrección tipográfica de las traducciones de terceras personas (cuando no de las suyas propias), sino que también se le exige, de manera implícita, que haga también una corrección de concepto y de estilo del texto traducido, cuando, en realidad, deberían ser tres tareas diferentes realizadas por profesionales diferentes y con tarifas diferentes.

(2007)_Conferencia de José Martínez de Sousa_Salón de Actos de la FFT de la UVigo_Ahí estaba yo hace 13 años, sin barba, en primera fila y con mi diminuta cámara digital en mano.

Maestro, eres todo un ejemplo de cuando voluntad y disciplina son aliadas de la generosidad, porque, en todas tus publicaciones científicas citadas más de 3500 veces –citas que en Google Scholar alcanzan un Índice h y un Índice i10 que ya quisiera todo docente de la Universidad para sí, si realmente quiere sentar cátedra, tal y como tú lo has hecho– siempre dejas muy claro que no hay maestro que no pueda ser discípulo. Maestro sin maestros, tu formación autodidacta nos guía a todas las personas que nos dedicamos a la revisión y corrección de textos, máxime cuando estos son textos traducidos. Así que, en el Día Internacional del Corrector 2020 y desde la Facultade de Filoloxía e Tradución de la Universidade de Vigo (en cuyo Salón de Actos, dentro del Curso Traducción editorial: calidad y gestión de proyectos organizado por mi compañera Liliana Valado, impartiste en 2007 la conferencia titulada El mundo de la corrección en el proceso de la traducción), déjame desearte:

¡Feliz día del corrector, Maestro!

J.Y.F.

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